Prólogo

Aunque nadie lo va a leer… -_-

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Los cascos de los caballos resonaban en mis oídos como un tambor que no se cesara de golpear. Las armaduras de los hombres que los montaban no hacían menos ruido, y las armas que transportaban vacilaban en dejarse caer por su peso.

Nos mantuvimos quietos en nuestro escondite. Tal vez si el silencio por parte de los guerreros hubiera sido mínimo, se habrían podido apreciar nuestras respiraciones entrecortadas, inquietas por evitar que se descubriera nuestra presencia.

Mi compañero balbuceó una maldición por lo bajo y se internó con sumo cuidado de no hacer ruido en las entrañas del bosque. Me sumí en un desconcierto sin entender sus acciones, pero pronto descubrí, horrorizado, los motivos; acercándose por el camino, a lo lejos, podían apreciarse las lenguas jadeantes de los perros de caza más sangrientos de aquellas tierras. Según decían, eran alimentados con carne humana, la cual podían oler a varios metros de distancia.

Me entró un escalofrío al descubrir sus ojos rojos, y titubeante, retrocedí unos pasos. Pero fue un error; mi pie se topó con una rama que sonó al partirse en dos. Los hombres estaban demasiado centrados en sus cosas y sin un oído suficientemente capacitado como para percibirlo, pero aquellas bestias tenían los radares activados ante cualquier señal sonora y olfativa.

Los perros empezaron a ladrar en dirección a mi ya inútil escondite, y no dejaban respirar a los que los llevaban, tirando de ellos con el único fin de alcanzarme y desgarrarme a pedazos. Antes de que mis piernas respondieran, una mano agarró mi brazo y empezó a tirar de mí.

– ¿Pero qué te pasa muchacho? – gritó una familiar voz masculina.

Los hombres que hacía unos minutos nos dedicábamos a observar escondidos entre la penumbra que nos aportaban los árboles, habían salido en nuestra búsqueda nada más darse cuenta del ajetreo de los perros, que ahora corrían a la cabeza.

Se oían jadeos, gritos, relinchos, ladridos y pisadas por todas partes. Yo ya me había soltado de mi remolcador y corría con mis propias piernas todo lo deprisa que podía, pendiente de nuestros perseguidores, de no tropezar con las ramas y raíces del suelo, y del hombre en el que confiaba plenamente para que me sacara de allí.

Los ruidos no se oyeron más cerca, pero tampoco más lejos. Todos los seres humanos, tanto perseguidos como perseguidores se cansaban por igual, aunque probablemente estos segundos a mayor escala debido a sus pesadas defensas que claramente no estaban preparadas para este tipo de acontecimientos.

Aún no nos habían logrado ver, al menos que nosotros supiéramos, pero corrían ciegos, con toda su confianza puesta en aquellas bestias, que estaban seguros, lo que querían dar caza no era una simple liebre juguetona.

Una voz potente se oyó a nuestras espaldas. La palabra que pronunció se encontraba en un idioma extranjero, del que yo poco vocabulario llegaba a entender.

– ¡Mierda! – gritó mi aliado a la vez que animaba a sus extremidades inferiores a acelerar el paso hasta alcanzar la máxima velocidad. Yo le plagié, evitando quedarme atrás.

Desaceleré, sólo un momento, para escuchar, horrorizado, cómo los hombres se habían quedado atrás, recuperándose, pero no en vano, habían soltado a los perros. Ahora, libres de las cadenas que los mantenían a un paso torpe y humano, fueron acercándose a nosotros a una razonable velocidad.

Intenté soltar la peor maldición que se me ocurrió, pero necesitaba las fuerzas para correr y acordarme de respirar. Llegué incluso a alcanzar y adelantar a mi compañero. Los ladridos y gruñidos se acercaban cada vez más; pronto unos afilados colmillos como cuchillos de carnicero nos alcanzarían.

El terreno del bosque se hizo más empinado y los árboles abundaban más cuanto más descendíamos. Para nuestro no posible alivio, era más difícil esquivarlos con cuatro patas que con dos.

Y entonces empezamos a apreciar un azul tan fuerte como para dar vida o quitarla a su antojo; el río del valle nos prometía seguridad si lográbamos cruzarlo.

Entonces empecé a notar un dolor en la cabeza diferente al resto: tenía una idea.

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~ por Stradd en marzo 25, 2009.

Una respuesta to “Prólogo”

  1. Yo sí que lo he leido ! Y está muy chulo 😀
    Ya me gustaría a mi poder inventarme historias (y saber narrarlas tan bien ! :))

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